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sábado, 26 de mayo de 2012

The Smashing Pumpkins - Sala Arena, Madrid, 24 de Mayo '12



Mientras U2 llenan estadios y Foo Fighters, Pearl Jam o Green Day siguen abarrotando arenas, los Smashing Pumpkins han ido sufriendo con los años un lento pero inevitable declive. Tras tocar el cielo con dos obras cumbre como “Siamese Dream” y “Mellon Collie and The Infinite Sadness”, cada paso desde el infravalorado “Adore” ha sido un acercamiento al olvido del público masivo y al infierno de la indiferencia.

No es menos cierto que gran parte de la culpa recae en la propia banda, y muy especialmente en el cerebro y el corazón de Billy Corgan, quien en los últimos 15 años ha sometido a sus seguidores a demasiados vaivenes: juró tras Mellon Collie no volver al rock, disolvió la banda, probó y abandonó con Zwan, lo intento en solitario, reactivó Smashing Pumpkins con nuevos miembros… y en el proceso dilapidó su carrera declarando la muerte del concepto disco y dedicándose a colgar temas online con más pena que gloria. Y lo que es peor, la cosa no mejoraba en directo, con un Corgan obsesionado por no ser una “banda de nostalgia” y resistiéndose a tocar muchos de sus éxitos.

Con estos precedentes, y con apenas tres días de antelación sobre la fecha del concierto, los Smashing Pumpkins anunciaban fecha en Madrid, en la Sala Arena, como adelanto de lo que será su próximo trabajo “Oceania”. Los augurios no eran de lo más prometedores pero, qué diablos, pensamos muchos. Billy Corgan es Billy Corgan y no es habitual poder ver a una banda de su nivel en una sala de aforo tan reducido. Se merecen un voto de confianza, ¿no? Efectivamente lo merecen, y su fabulosa actuación no hizo sino darnos la razón

Los Smashing de 2012 presentan algunas similitudes con los de los primeros noventa, incluso en lo estético, con fémina al bajo, y guitarrista de rasgos asiáticos incluidos. Tanto Nicole Fiorentino (ex Veruca Salt) como Jeff Schroeder cumplen con creces mucho más allá de lo formal, la primera con una musculosa solidez a las cuatro cuerdas y el segundo con un catálogo de recursos inmenso y un sonido que para sí quisiera James Iha. ¿Y a la batería? Es difícil olvidar a Jimmy Chamberlain, pero Mike Byrne casi lo consigue: excelso en el golpeo e intenso como pocos (si acaso algo menos limpio que el Pumpkins original en los medios tiempos), este chaval de apenas 22 años se echó la banda a sus espaldas desde el primer minuto, dotando al combo de una solidez y un empuje extraordinarios.

Vale Billy, notable alto para la banda, pero ¿y el repertorio? La respuesta fue cogiendo forma tema tras tema: tras abrir con una sorprendente versión del “Black Diamond” de los Kiss, el acongojo inicial se fue tornando en incredulidad mientras las Calabazas iban disparando un hit tras otro con una potencia e intensidad desgarradoras; sonaron “Zero”, “Bullet With Butterfly WIngs” y “Today” y, tras presentar algún que otro tema de su inmediato “Oceania” (que tememos no esté al nivel de los “clásicos”), nos regalaron con “Tonight, Tonight”, “Muzzle” y “1979” y acabaron de abofetearnos con salvajes entregas “Cherub Rock”, The Everlasting Gaze” y “Ava Adore”, además de otras perlas como su curiosa versión del “Space Oddity” de Bowie o “Disarm” ya en los bises. Dejaron para el cierre el delirio casi metalero de “X.Y.U”, antes de caer en la tentación (un tanto innecesaria) de repetir con “Black Diamond” para echar la verja de un show tan inesperado como sobresaliente.

El concierto acaba, la banda se despide a apenas 2 metros escasos del público y uno se da cuenta de que, aunque sea un privilegio disfrutar de los Pumpkins en una sala de aforo medio, su hábitat natural debería seguir estando en los arenas, con miles de personas coreando los himnos generacionales de una banda que suena a lo grande y que, qué demonios, ha sido muy grande. Si Mr. Corgan se pusiese a ello, no habría discusión: los Smashing Pumpkins son un grupo de primera división.

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